ESE SABER

Una bolsa de algodón. Un camino de tierra y el sudor pegado en la espalda. Cada golpe de pedal durante el trayecto es una imagen de añoranza feliz. De nudo en el pecho por dejar esas plácidas tardes de verano, esa brisa seductora que en nada helará nuestras caras. 

Tengo las manos llenas de ellos, de esos higos maduros que recojo mientras un par de manos me sujetan por la cintura en un acto de erotismo fugaz que saboreamos con el sol a nuestras espaldas. El mordisco, la textura, el dulce sabor que casi es mermelada anuncia el final de los días en los que hacer el amor en la playa será un recuerdo que nos parecerá casi adolescente. 

“Que nos devuelvan la sangre, las ganas, el amor!

Es granate, rojizo, duro. El final del verano sabe a higo, a manos manchadas de resina, a abrazos bajo la lluvia y a despedidas forzadas. Esa bolsa de algodón que cuelga de la bicicleta, deshilachada después de tantos tumbos con el viento, esa bolsa, contiene el verano. Y los besos robados, las caricias inocentes, el agua de mar, las lágrimas, las picaduras de mosquitos. Que nos devuelvan la sangre, las ganas, el amor! Que se quede para siempre esa energía que remueve las entrañas, esa bolsa de higos, esas manos en la cintura. Ese saber, con toda certeza, que estamos vivos. 

Fotografías y texto: Mónica Bedmar - Estilismo: Caterina Pérez

EL ADVIENTO

Recuerdo que cada año mi madrina me regalaba un calendario de adviento. Recuerdo como recorría todos los rincones del calendario, deleitándome con las imágenes de juguetes de madera, copos de nieve, abetos verdes, casitas, dulces navideños, purpurina y ángeles de mejillas sonrosadas. También recuerdo que me tocaba abrir la ventanita cada tres días, puesto que éramos tres hermanos y había que compartir… sonrío al darme cuenta de que aceptaba esta máxima con una dosis considerable de desazón.  Ahora, la nueva generación de hijos en la familia ha tomado el relevo de la tradición. Los observo por encima del hombro cada noche mientras abren el día correspondiente, y me invade una emoción parecida a la de mi infancia. 

Tradición viene de la palabra latina traditio, que tiene su origen en el verbo tradere, que significa entregar. Así que podríamos decir que la tradición es lo que nuestros antepasados nos han entregado, cosa que me parece un buen punto de partida para explicar el origen del Adviento. 

Resulta que los pueblos germanos, durante el frío diciembre, el mes más oscuro del año, recolectaban ramas verdes y les daban forma de corona, enalteciendo así elconcepto de círculo vital. Después les prendían fuego en señal de esperanza por la llegada de la vida y la luz que traería la primavera. 

Más adelante, esta tradición pagana la recogió el cristianismo en sus Coronas de Adviento. Adviento significa “llegada”, y en este caso se refiere al Redentor. Estas coronas de pino o abeto,  llevan cuatro cirios grandes, uno para cada domingo anterior al día de Navidad, así pues, el periodo de Adviento empezaría a finales de Noviembre. Durante estas semanas, cuando llega el domingo, la familia o la comunidad, se reúnen para encender una de estas velas, que significan el amor, la paz, la tolerancia y la fe. 

No fue hasta principios del siglo XX, que empezaron a aparecer los calendarios de Adviento tal y como los conocemos ahora, pensados para complacer a los más pequeños con dulces y pequeñas sorpresas, mientras esperan la Navidad.  Durante este periodo se iluminan las calles, adornamos las casas, mandamos felicitaciones, empiezan los conciertos de villancicos, etc… Se trata, pues, de la preparación para la Navidad.

Sea como sea,  el Adviento corresponde al tramo del calendario anterior al solsticio de invierno, punto álgido de horas de oscuridad. A partir del solsticio la oscuridad empezará a decrecer llevándonos a la primavera. Personalmente, la idea con la que me quedo de este periodo es el “prepararse para”, el disfrutar del camino hacia un momento concreto. No se trata de una idea nueva, es algo que nos repetimos a menudo en nuestro día a día, y sin embargo, el Adviento me parece una oportunidad para ponerlo en práctica.

Fotografías y texto:  Caterina Pérez

LA ÚNICA SUPERVIVENCIA - Todos los Santos

Hay una tierra de los vivos y una tierra de los muertos, y el único puente es el amor - la única supervivencia, el único sentido.  Thornton N. Wilder

Llevo unas flores en la mano recién talladas. Unos crisantemos blancos. No recuerdo que tuvieras estas flores en tu jardín, pero creo que hubieran florecido de una manera espléndida, como todo lo que plantabas y cuidabas.  Te recuerdo a menudo, sobretodo cuando veo a mi hija sonreír. Imagino lo feliz que serías cantándole nanas y cocinando para ella. Es curioso, ahora que soy madre estoy recordando poco a poco todas las canciones que me cantabas, me salen de dentro, de lo más profundo, en momentos inesperados. Y se las canto, las voy hilvanando con una emoción que me une a ti aunque no estés. Y sé que nos ves, que puedes olerla como yo lo hago. Porque no te has ido nunca del todo, sigues flotando en mi mente, en mis recuerdos. Y eso, abuela, nunca muere. Nunca. Así que ahí van esas flores, esos recuerdos, ese amor infinito. 

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Fotografías: Caterina Pérez -  Texto: Mónica Bedmar

HUESOS DE SANTO

Al ser Mònica y yo catalanas, nuestro dulce “oficial” de Todos los Santos, es el Panallet.  Pero para Devenir quise descubrir otros dulces de esta festividad, y así llegué a las Teresitas, los Buñuelos de Viento, la “Castaña” asturiana o los Huesos de Santo. Y me decidí por estos últimos porqué tienen como base la almendra, hecho que me parece relevante pues concuerda con la época del año, ya que su elaboración va estrechamente atada al momento en estos frutos acaban de ser recolectados. 

La almendra es un fruto seco muy característico de la franja mediterránea, que nos da energía y nos prepara para el frío del invierno.  Los huesos de Santo son básicamente mazapán, y el mazapán no es nada más que almendra y azúcar. Este dulce milenario tiene su origen en Madrid y Castilla León, y se ha ido extendiendo por la península. Es tradición prepararlos para la festividad de Todos los Santos, pues es la época en que se creía que nuestros muertos volvían a la tierra. Actualmente, es a finales de Octubre y principios de Noviembre, cuando las pastelerías se llenan de ellos en todas sus variantes.

 Mònica y yo preparamos los más básicos, de mazapán y crema de yema, pero hay quién los rellena de chocolate, confitura o cabello de ángel. Son de elaboración sencilla, y por otra parte, encontrar un momento para hacer algo que ya se hacía en las casas hace cientos de años, te conecta con la cultura de tu territorio y, en este caso, te hace pensar en los tuyos y en los que te faltan… y eso también es muy de otoño.

-Para la masa necesitaréis 150 gr. de almendra molida, 70 gr. de azúcar y 35 ml. de agua.

-Para la crema del relleno,  4 yemas, 80 gr. de azúcar y 50 ml. de agua.

-Para el glaseado, 100 gr. de azúcar glass y 35 ml. de agua tibia.

 

Hacemos un almíbar mezclando el agua y el azúcar en el fuego, y una vez arranca a hervir, lo retiramos. Mezclamos la almendra con el almíbar y lo amasamos con calma hasta conseguir una bola compacta.

Espolvoreando un poco de azúcar glass sobre la superficie de trabajo, extendemos la masa con un rodillo, y con la ayuda de una varilla o un bastoncito, le hacemos una ristra de surcos que le van a dar el dibujo tan característico al mazapán. Después lo cortamos en rectángulos de 4 x 7 centímetros aproximadamente. Los despegamos con un cuchillo o una espátula y los ponemos en un platito espolvoreándolos, de nuevo, un poco de azúcar glass por ambos lados. 

Con mucho cuidado enrollamos cada rectángulo de masa en el mango de un utensilio de cocina o una varilla, dándole forma de canelón.  Los dejamos secar un rato para que pierdan humedad y endurezcan.

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Mientras, preparamos la crema de yema. Volvemos a hacer un almíbar con el azúcar y el agua. Batimos las yemas, y le vamos echando el almíbar poco a poco y con cuidado, sin dejar de remover, pues de no hacerse así, las yemas podrían cuajar. Una vez tenemos la mezcla, la cocemos al baño maría, removiendo, durante unos veinte minutos. Dejamos enfriar, y con la ayuda de una manga pastelera, podemos ir rellenando los huesos.

Y el toque final se lo damos con el glaseado. Mezclamos el azúcar glass con el agua tibia, y una vez está bien disuelto, vamos bañando los huesitos con cuidado, ayudándonos con un par de tenedores. 

Los dejamos secar bien, y ya están listos para la mesa. Nos pueden dar energía a la hora de la merienda, o acompañarnos como un postre exquisito junto a un vasito de vino dulce.

Fotografías: Mónica Bedmar - Texto: Caterina Pérez

EL POSO DE LA ESPERA

Un día recibí un mail de alguien a quien apenas conocía. Me contaba que sabía algo que creía que me gustaría: El Conco o Confiture de Vieux Garçon. Por aquel entonces, en mi cabeza se empezaba a perfilar lo que más adelante llamaríamos Devenir, y aquel mail inocente fue un claro catalizador. Infinitas gracias, Laura.

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Se trata de una conserva de origen francés. El proceso empieza en primavera. Coges un tarro, lo llenas de vodka y vas añadiendo la fruta de cada temporada en su punto más óptimo, junto a una buena cantidad de azúcar. Lo guardas en un armario. Fresas, cerezas, albaricoques, melocotón, uvas… poco a poco, con el paso de las estaciones, el tarro se va llenando. La fruta se va ablandando,  va perdiendo el color, y el vodka va cogiendo el sabor dulzón del paso del año. En invierno, cuando la fruta ya está macerada, puedes colar el licor y, bien fresquito, brindar en las sobremesas. La fruta se usa para hacer mermeladas, tartas o bombones que puedes degustar en navidad o a lo largo de los meses fríos.

El vodka va cogiendo el sabor dulzón del paso del año

La espera, el paso de un año entero y el concepto de ciclo, los colores y azúcares de cada estación, la lentitud y tradición, quedan impregnados en esta sencilla conserva, y por ese motivo el Conco nos pareció  un buen hilo conductor para todo lo que queremos contar en Devenir.   Mònica y yo llevamos desde primavera construyendo nuestro Conco, que guardamos en la alacena, esperando con ilusión la llegada del invierno.


Fotografías: Mónica Bedmar - Texto: Caterina Pérez